
Estaba sentado frente a la ventana…
Por unos minutos esas imágenes, que a ratos odiaba y a ratos lo embriagaban de placer, volvieron a su mente…
Ya no estaba la ventana, su posición había cambiado, se encontraba parado frente al gran sofá de la sala. El televisor estaba encendido, las transmisiones ya habían terminado; la noche, oscura y silenciosa como ninguna, en la cual se podía oír el palpitar del corazón, no del hombre, sino de la tierra.
Miró sus manos, y embriagado por la excitación y miedo a la vez -una mezcla de sensaciones, que ni siquiera habiendo estado ahí, es posible explicar- apagó el televisor y encendió la luz.
Sus ojos poseían un brillo extraño, se notaba su felicidad, y en su rostro poco a poco se fue formando una sonrisa. Su respiración se había acelerado, sus latidos eran rápidos y continuos, y así estuvo observando la escena por el transcurso de una hora.
Luego, volvió a mirar sus manos, con una de ellas tomó el cuchillo que había dejado clavado por ahí, camino unos pasos, se inclinó y observó de cerca de uno de los niños que estaban en la sala. Le habló, pero este no le contestó, con firmeza en su mano, clavo el cuchillo en el estomago del pequeño. Ningún grito, gemido o ruido salió de la boca del este; ya estaba muerto. Al igual que sus hermanos, su padre y su madre, había sido muerto a sangre fría…
Regresó mentalmente a su posición en la ventana, las imágenes ya se habían ido. No veía cadáveres, ni había sangre regada en el piso…
Volvió a mirar sus manos, ya no estaban ensangrentadas, pero las marcas de la culpa se hacía cada vez más evidentes…
Giró su cabeza, y miró por la ventana, añorando el día de dejar atrás esos recuerdos y los barrotes que ahora son su morada.
W. N. Critson
07 de Noviembre de 2007